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Recordando a Kobe

Cuando la tristeza y el amor compartieron marquesina en Los Angeles

Nunca tanta tristeza y tanto amor tuvieron que compartir la misma marquesina.

La jornada del viernes fue esa ocasión, el punto de ebullición de una semana trágica, en la que toda una ciudad -e incontables otros repartidos por el planeta- se vieron forzados a encontrarle respuestas a una tragedia huérfana de toda sensatez.

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Y así se congregaron, día tras días, noche tras noche. En la Mamba Sports Academy en Thousand Oaks. En el centro de entrenamientos de Los Angeles Lakers en El Segundo. En la residencia de la familia Bryant en Newport Beach. Y si, en la verdadera Meca del baloncesto moderno: STAPLES Center.

Las afueras del templo que vio a Kobe ganar cinco anillos y convertirse en leyenda sirvieron como el punto de encuentro de una comunidad local -y global-. Mensajes escritos en fibrón y tiza, con autores de la zona y de Argentina, de Costa Rica y de China. Un oso de peluche gigante y docenas de altares repletos de flores, de velas, de camisetas y fotos, de momentos y reliquias. Ofrendas a quien fue, y desde el domingo será eternamente, un Dios para millones.

Fue una semana de opuestos. De mañanas silenciosas y noches musicales. De reuniones solemnes a veladas de trompetas y banda. De la confusión y el dolor a los gritos de M-V-P que supieron unificar a una ciudad muy poco homogénea.

Y dentro, lo que se vivió fue una experiencia religiosa, solo comparable con el partido de su retiro, en el que se despidió de la pelota naranja con 60 puntos ante el delirio de todos sus fieles. El viernes, la despedida fue más profunda y menos efímera. Poco simbólica y brutalmente real, pese a que a muchos todavía no lo terminamos de asimilar.

¿Cómo no se te va a partir el alma cuando se le quiebra la voz a Lawrence Tanter, el legendario dueño de la voz del estadio? ¿O cuando anuncia a todo el quinteto titular como anunció al 8 o 24 durante 20 años?

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¿Cómo no quedarse sin consuelo cuando LeBron James se muerde los labios y se traga las lágrimas antes de ponerle el hombro a una situación imposible? ¿O cuándo se deshace de su discurso preparado y habla desde el corazón?

¿Cómo no llorar cuando la magia de un sublime violonchelo se mezcla con un video con la voz e imagen de Kobe…no de hace años, sino de hace semanas?

Ni hablar de la piel erizada ante la voz angelical de Charlie Puth y los versos de Whiz Khalifa. O el peso Usher y su 'Amazing Grace'.

El viernes fue posiblemente el día más triste de la historia de la ciudad, y definitivamente de las vidas de muchos de los que llevamos un pedacito de L.A. en el corazón. Después de este viernes la vida comenzará a retomar su curso. Nos terminaremos de convencer de que no fue una pesadilla. De que nunca más veremos la creatividad y ferocidad de la Mamba Negra, o la sonrisa de su hija Gigi.

Pero como dijo LeBron James, Kobe no será olvidado. Su esencia y su legado vivirán por siempre. Sus fieles se encargaron de eso, dentro y fuera, antes, durante y después.

Las opiniones aquí expresadas no reflejan necesariamente aquellas de la NBA o sus organizaciones.

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