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Playoffs 2020

El renacimiento del pívot en la NBA: del olvido a volver a ser imprescindibles

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La eliminatoria de Semifinales de Conferencia que enfrentó a Los Angeles Lakers y Houston Rockets apuntaba a ser una de las más interesantes e impredecibles de los actuales Playoffs. El experimento de los texanos basado en jugar sin ningún interior natural y su vocación por los exteriores parecía un arma de doble filo ante unos Lakers que habían sufrido considerablemente en sus enfrentamientos de temporada regular ante estos.

La rapidez en la ejecución, la apertura del campo que ofrecía jugar con 5 potenciales tiradores parecía conducir a los californianos a una encrucijada de difícil resolución. ¿Qué camino tomar? Si apostaba por quintetos grandes podría sucederle lo que a Oklahoma City Thunder con un Steven Adams sin apenas impacto, y si al contrario abrazaban el small ball significaba renunciar a todo lo que habían construído en este curso y que les había llevado a ese punto. No había una respuesta intermedia, sin grises, como siempre con los Rockets.

La derrota en el primer partido tampoco ayudó a disipar el horizonte para Frank Vogel en el corto plazo. Pero hubo algo que prendió la mecha en el experimentado técnico y a partir del segundo encuentro, cuando tras la lesión de tobillo de JaVale McGee se vieron obligados a jugar con Anthony Davis como referencia interior. Y, entonces, eureka. Los resultados positivos comenzaron a darse para los Lakers, que dieron con un filón de plata, con la kriptonita de unos Rockets que parecían llamados a dar la sorpresa. Las cuatro victorias consecutivas conseguidas por los californianos ante Houston no fueron posible solo por el ataque, sino por la defensa, desde donde se orquestó el triunfo, haciendo mella en las fallas ofensivas de los de D'Antoni.

En el otro extremo, los Milwaukee Bucks se deshacían como un azucarillo en manos de Bam Adebayo y sus Miami Heat, que destronaron al principal candidato de la Conferencia Este a base de reducir al máximo la influencia de Giannis Antetokounmpo como generador de juego e impidiendo que Brook Lopez pudiese tener el espacio suficiente para castigar desde la larga distancia. Los de Wisconsin no fueron capaces de encontrar respuesta al sistema de ayudas de los de Spoelstra en ataque, mientras en defensa iban siempre uno o dos pasos por detrás del continuo movimiento de balón que Adebayo producía para el resto de sus compañeros. En un abrir y cerrar de ojos, el equipo más regular de la presente temporada cayó a las primeras de cambio sin apenas resistencia.

Caso similar al de LA Clippers, que no hizo efectiva su ventaja de 3 a 1 contra Denver Nuggets principalmente porque estos no encontraron respuesta al juego del bloqueo directo profesado por los de Mike Malone con Nikola Jokic como director de orquesta, liderando el descalabro de los californianos, que con Ivica Zubac y Montrezl Harrell al frente no dieron con la tecla y cayeron en siete partidos.

Las dos series de Finales de Conferencia que siguen en juego han puesto en valor lo importante que siguen siendo los centímetros a la hora de definir la victoria de la derrota. Infravalorados y en muchas ocasiones incomprendidos, los jugadores grandes se han hecho definitivamente un hueco como piezas angulares del éxito de sus respectivos equipos. Pero en esta ocasión no han sido decisivos como generadores desde el poste bajo, sino lejos del aro, con el balón en las manos, dando a su juego una dimensión total y no anclada a unos prejuicios y expectativas marcadas por la superioridad física.

El renacimiento

Resulta curioso echar un vistazo en retrospectiva a estas eliminatorias pues todas guardan un punto común, un nexo que las une y al mismo tiempo las separa por las diferencias del patrón que comparten. Tanto Denver como Miami y Los Ángeles han edificado su éxito alrededor de un jugador interior, de un pívot. Justo cuando la NBA parecía ir directa hacia un baloncesto con pequeños donde todo girase en torno a estos, se ha dado la curiosa paradoja de que la revolución ofensiva ha dado pie al desarrollo de perfiles de grandes dimensiones y con capacidades técnicas más propias de un base. Porque acogiéndonos a la acepción de base como aquel jugador encargado de hacer mover al equipo, de distribuir el balón y que el juego se canalice a través de sus manos, encontramos los mejores representantes de esto a Adebayo y Jokic, siendo Davis el elemento discordante en este trío.

Las Finales de Conferencia están siendo el escenario perfecto para comprobar una vez más que el baloncesto es un deporte de grandes y de inteligentes, un juego que siempre está en constante evolución y en el que la adaptación al contexto prima por encima de la identidad personal del individuo. Si el poste bajo estaba en decadencia a comienzos de la campaña, las figuras de los principales equipos se han encargado de volver a ponerla en el lugar que merece. De hecho, tanto Jokic como Davis han sido dos de los tres jugadores más efectivos al poste bajo de todos los Playoffs, solo superados por un Joel Embiid que apenas disputó 4 partidos.

Jugador Posesiones por partido Puntos por posesión Puntos por partido %TC
Nikola Jokic 5,1 0,99 5,0 55,9%
Anthony Davis 4,8 1.00 5,0 51.2%
Bam Adebayo 1,2 0,86 1,0 38,5%

¿Por qué es importante todo esto? De un tiempo a esta parte y gracias al impacto de las sabermetrics o estadísticas avanzadas, la figura del pívot tradicional ha ido cayendo en desuso. En otras palabras, el rango de juego de los equipos se ha expandido y con ello los que mejor se han adaptado a esta evolución han sido los jugadores de menor tamaño, aquellos más preparados técnicamente para la ejecución y más ágiles en definitiva para soportar los continuos cambios de dirección y velocidad a los que se expone la defensa. Como consecuencia, los interiores más pesados o de corte más tradicional y atornillados al poste bajo empezaron a perder peso en los equipos, figuras jóvenes que antaño habrían podido ser diferenciales como pudo ser el caso de Jahlil Okafor o Julius Randle, ahora se les demandaba una serie de tareas sobre el parqué para las que no estaban preparados o bien no se sentían cómodos.

El juego siempre está en continua fluctuación y es tarea de los entrenadores hacer encajar a todas sus piezas y poner todos sus recursos en la dirección correcta para conseguir los resultados deseados. Progresivamente, fueron apareciendo jugadores de grandes dimensiones y con características típicas de un interior que encajaban mejor dentro de los esquemas que se proponían, como una especie de elementos intermedios entre el pasado y el presente, aventurando una figura que todavía estaba por venir como pudieron ser Al Horford, Marc Gasol o Nikola Vucevic, tres de los cuatro jugadores interiores que más asistencias han repartido desde 2015.

"Tienes que ser capaz de hacer múltiples cosas en la cancha", dijo Marc Gasol a ESPN en enero. "Tienes que poder abrir el campo, crear ángulos para el base y defender de múltiples posiciones porque hay más espacio. Todo cambia, es algo bonito, te tienes que adaptar o cambiar de deporte".

No obstante, todavía hay espacio para la figura tradicional, aquella de movimientos calculados, de lectura del contacto de espaldas al aro, de fintas y pivotes. Gente como Joel Embiid y Karl-Anthony Towns son los mejores representantes de que el center clásico sigue más vivo que nunca. "Para mí la posición de pívot está infravalorada", decía el jugador de los 76ers. "Cada vez hay más cincos que pueden jugar básicamente como bases, siendo capaces de hacer de todo sobre una cancha y eso está ayudando a cambiar la narrativa alrededor del jugador grande", aseguraba para ESPN.

Así llegamos al punto central de esta pieza, como es poner en valor el progresivo desarrollo y asentamiento de jugadores de grandes dimensiones que han evolucionado hasta tal punto sus capacidades técnicas y han enriquecido su abanico táctico hasta el punto de ser los guardianes del juego de sus equipos. La tradición es el contrario del desarrollo en términos positivos y la permanencia estanca de la idea del juego por posiciones es una venda que en muchas ocasiones ha impedido comprender en su totalidad un baloncesto concreto en su contexto.

Existe una explicación y una razón de suma importancia para que se pueda producir un considerable incremento de jugadores como puedan ser Adebayo, Jokic o Davis. La altura, más allá de presencia física, otorga visión de juego en el término más objetivo: pueden ver movimientos que otros no por la altura a la que se encuentran sus ojos.

Un detalle que no debe minusvalorarse, pues en la ejecución y la toma de decisiones con el balón en las manos interviene un aspecto de tremenda importancia en este deporte como es la percepción del espacio, del ocupado y del que va en proyección de ser ocupado. En otras palabras, ser capaz de anticipar los movimientos ante de que sucedan y en consecuencia, actuar de la manera correcta para sacar provecho ofensivo. El pase es la máxima expresión de esta idea, aquel movimiento que conecta a dos compañeros en una sinergía a través de la cual desequilibrar o tratar de romper la defensa rival. Invertir los roles tradicionales en este tipo de acciones es lo que ha dado pie a que figuras que antaño se encargaban de labores como correr el campo, rebotear y taponar ahora tengan un valor insustituible en sus respectivos equipos.

De la necesidad emana el ingenio y el encaje y en pleno 2020 se puede afirmar que la posición de pívot goza de una salud inmejorable, al menos entre los principales representantes de la posición, porque la NBA es una liga de estrellas (siempre lo fue) y figuras como la de Bam Adebayo, Nikola Jokic y Anthony Davis son el mejor ejemplo de este cambio de tendencia que va camino de convertirse en hegemonía.

El revolucionario

Analizar a Nikola Jokic es como admirar un cuadro cubista. La heterodoxia no parece estar presente en una primera aproximación, las formas no se adecuan a aquellos prinicipios que siempre se han asumido como la norma. Su perfil físico choca, con más de 125 kilos de peso y 2,13 metros de altura, pero impacta más todavía la rapidez y velocidad a la que se mueve y ejecuta cualquier tipo de acción ofensiva sobre el parqué. Poco a poco, conforme el ojo se habitúa a lo que está viendo, los matices y los detalles empiezan a cobrar sentido, se tejen relaciones de ideas que permiten entender al cuadro, en este caso el serbio, como lo que verdaderamente es.

La tradición encuentra en el Joker el mejor recipiente posible, no hay representante más fiel de lo que es el baloncesto en su concepción más clásica. Todos los fundamentos (pase, tiro, bote) quedan expuestos y son ejecutados de manera obscenamente visual en Jokic. Tanto es así que si en un primer momento se le consideró como uno de los mejores pívots de la competición, pasando rápidamente a ser colocado como uno de los mejores pívots pasadores de siempre, ahora no sería descabellado hablar del serbio como uno de los jugadores con mayor talento para pasar y controlar el balón de toda la historia de la NBA.

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Si el pasado fue "una sucesión de ensayos que privan al center del poste alto como área de creación, un larguísimo periodo uno de cuyos efectos más sumergidos pasa por la sistemática inhibición de su playmaking", como bien expresó Gonzalo Vázquez en su extenso análisis sobre el nativo de Sombor, el presente ha permitido un contexto en el cual Jokic puede explotar hasta límites todavía desconocidos su obsesión con la creación de juego. En un momento en el que la media cancha es un campo infinito de movimientos, amplios espacios y cambios de dirección, el jugador de los Nuggets se ha establecido como alguien capaz de dar salida a pases que en manos de cualquier otro playmaker serían impensables. No se trata ya de volumen, pues estamos hablando del jugador de más de 2,13 que más asistencias ha conseguido conectar en sus primeros 400 partidos de carrera, con un total de 2.098.

Pero reducir al serbio a la expresión última del pase que es la asistencia resulta una aproximación a su figura que se queda extremadamente corta, pues con Jokic hace falta poner atención a todos y cada uno de los pases que realiza. Da igual que sean para iniciar una secuencia, para invertir, dividir o desatascar. Todos y cada uno de ellos cuentan con unos matices que hablan de él como una mente privilegiada para la comprensión del baile de cuerpos que durante 48 minutos se deslizan de lado a lado del campo en una constante batalla por conseguir la ventaja final que permite anotar.

El juego al completo de los Nuggets gira en torno a la capacidad de playmaking de Jokic, solo el verso libre que representa Jamal Murray y sus explosiones ofensivas suponen una ruptura de la armonía que el serbio crea. El jugador de Denver no es un pívot, aunque postee, es un base, en definitiva, el director de juego de su equipo y aquel que hace que el grupo pueda explotar todo su potencial ofensivo en torno a una serie de movimientos sin balón que Jokic se encarga de darles vida.

"Los otros cuatro jugadores en la cancha deben estar en alerta máxima porque saben que tan pronto como giran la cabeza, su hombre puede sorprenderles con un corte por la espalda o una bandeja". Así resumía Frank Vogel la que era en su opinión la principal manera de mitigar el impacto del Joker a media pista cuando este tiene el balón, pues no se trata de evitar que anote o de que tenga jugadores desmarcados, sino de que los movimientos que se produzcan por parte de los Nuggets no lleguen a buen puerto de la manera que sea, por muy inverosímiles que puedan parecer los ángulos de pase.

Jokic está llamado a ser quien cambie definitivamente la percepción y la idea del hombre grande, aquel que revolucione definitivamente el juego hacia un relativismo aposicional todavía mayor en donde no haya frontera ni compartimento en el que encorsetar el talento acorde a una tradición. Si la revolución es aquello que subvierte la hegemonía precedente y la conduce a una nueva dimensión, el nativo de Sombor es el mejor líder para ese cambio y los Denver Nuggets serán su mejor obra de arte.

El jugador total

El desarrollo continuado del baloncesto a nivel técnico como una línea que nunca se detiene permite discernir etapas en su progresión muy diferenciadas, casi compartimentadas por décadas perfectamente secuenciadas. Si en los albores de la NBA la suspensión a una mano y el abuso de la mano dominante eran la mejor forma de identificar a aquellos primeros dominadores, más adelante sería el finger roll (bandeja), el control del cuerpo expresado en un crossover o en una suspensión en movimiento, hasta llegar a la cima técnica representada por el juego líquido de Stephen Curry. Toda esta historia lineal y positivista siempre ha dejado en un rincón a la figura del grande, pero no al modo de Nikola Jokic, sino como un recipiente sobre el que seguir aplicando todos estos avances y disfrutar del resultado que fuese.

De un tiempo a esta parte se ha ido desarrollando una corriente que ha catalogado a todo jugador de más de 2,08 metros capaz de botar el balón y que disponga de un rango de tiro incipiente como un unicornio. Este término tan vago que ha venido a unir en el mismo saco a figuras tan dispares como Karl-Anthony Towns, Kristaps Porzingis, Giannis Antetokounmpo o el propio Jokic ha servido como un reduccionismo, una traba que ha impedido comprender al jugador en su totalidad. El desarrollo técnico en estos jugadores de grandes dimensiones se ha producido tarde, muy tarde podría decirse, pues este siempre ha ido centrado a los móviles y coordinados jugadores de "apenas" 2 metros.

Pero ahora ha llegado el momento en el que figuras como la de Anthony Davis han podido dar rienda suelta a su verdadero potencial, pues salvo contadas excepciones (Karl Malone, Dirk Nowitzki, etc.) se ha dado el caso de un ala-pívot con una vocación anotadora semejante a la que el jugador de los Lakers ha venido demostrando en lo que llevamos de temporada.

Y no se trata de que AD haya ejercido un papel de mero finalizador o ejecutor en situaciones aisladas como pueda darse a entender por el hecho de tener a su lado a LeBron James, es que la incompresión de su perfil en su anterior equipo con la consecuente demanda de tareas para las que no había nacido, le habían impedido colocarse en la posición donde realmente puede marcar la diferencia.

El nativo de Chicago posee una coordinación más propia de un alero, casi al nivel de Kevin Durant, haciendo efectiva sus 2,27 de envergadura con un lanzamiento tras bote extremadamente difícil de llevar a cabo por las dimensiones de su cuerpo. Su tren inferior encuentra la manera de moverse con una variedad de apoyos infinita, algunas veces hace gala de una economía gestual tremendamente efectiva y en otras evidencia su barroquismo con una respuesta a cada acción que la defensa realiza para frenar su avance.

Davis es el prototipo de jugador grande total. Lejos de la banalización de la técnica que se ha estado instaurando en el momento histórico actual, el jugador de los Lakers es la expresión máxima del juego, la última barrera que parece haber alcanzado el baloncesto, el prejuicio de la altura y de la posición no tienen sentido con AD pues con el balón en las manos el desarrollo de los acontecimientos sucesivos es una incógnita, no así el destino final que siempre es anotar.

El término medio

Como resultado de todo el proceso detallado a lo largo de este artículo siempre surgen híbridos, jugadores que se quedan a mitad de camino entre la excelencia de los dos extremos, aquellos llamados a ocupar la clase media y que en una fase inicial representan el espectro más gris de la escala de colores. Bam Adebayo emerge como un interesante perfil técnico en desarrollo, el jugador formado en Kentucky es ahora mismo una crisálida que está tratando de descubrir cuál es el límite de su pupa, hasta dónde puede extenderse su repertorio de recursos y cómo llevarlos a cabo en una pista de baloncesto.

El desarrollo experimentado en apenas tres años es insólito porque si tanto Jokic como Davis eran de sobra conocidos por sus capacidades técnicas con Adebayo se ha producido un proceso de descubrimiento y donde Erik Spoelstra ha promovido que fuese el jugador quien fuese descubriéndolo y marcando su propio ritmo de aprendizaje.

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Su curva de desarrollo supera a la de los anteriores y todavía se desconoce muy bien en qué estadio del progreso se encuentra este interior que hace tiempo que abandonó el poste bajo para abrazar la cabecera como mesa de experimentos desde la que regir el ataque de unos Miami Heat que se mueven al ritmo del mano a mano y de la fluctuación continua del balón.

De manera opuesta al resto, Adebayo no responde a una necesidad generada por un talento generacional sino por un apetito competitivo y de saber, porque el compartimento que se le adjudicó por su estatura hace tiempo que se le quedó pequeño y va camino de abrir paso a otros en su misma situación. "Su madurez competitiva contradice su edad. Eso es lo que siempre nos ha gustado de Bam", decía su entrenador recientemente. "Le damos la libertad para jugar. Se puede ver lo rápido que es con el balón", dijo Chris Quinn, entrenador asistente en Miami en el mes de agosto.

La importancia de Adebayo como point-center y facilitador reside en que coloca en una posición de relevancia a aquellos jugadores con una vocación para la generación y el pase pero que no han gozado de la paciencia que eso requiere. Abre un camino para el desarrollo de otras figuras similares a él porque desde Adebayo se construirá la figura hegemónica del pívot moderno, del estándar en otras palabras. La excelencia marca la diferencia, pero la normalización y extensión de un perfil es lo que define una era.

Las opiniones aquí expresadas no reflejan necesariamente aquellas de la NBA o sus organizaciones.

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