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The Last Dance

"El siguiente Michael Jordan" y una generación de jugadores que lucharon contra las prontas expectativas

Siempre se ha dicho que las comparaciones son odiosas, pero ninguna similitud alcanza la entidad de aquella que pretende colocar a jóvenes promesas un cartel de superestrella sin tan siquiera haber puesto un pie en la liga. Los aficionados y medios tienden a recurrir a ejemplos rápidos y sobredimensionar ciertas partes de la realidad con el objetivo de poner en valor a jugadores. Acude rápido a la memoria el Draft de la NBA donde una de las mejores formas de sintetizar qué tipo de perfil tenemos en frente es la comparativa directa con alguien que lleve el suficiente tiempo en la liga. Así, rápidamente se establece una relación entre ambas figuras que, dependiendo del caso, acompañarán al debutante hasta que sea capaz de hacerse un nombre por sí solo.

En la gran parte de las ocasiones esto queda en una mera anécdota en la que el símil simplemente es un epígrafe al lado del nombre del prospect, pero en otras esto acaba por lastrarle y convertirse en la sombra de un jugador cuyo único destino es cumplir con ese cometido de emular a su predecesor. En ese sentido, ninguna comparativa precedente ha sido más explotada (para mal) que la del siguiente Michael Jordan.

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La década de 1990 vio cómo los Chicago Bulls extendían su dominio con seis campeonatos con una estrella que además era un auténtico fenómeno de masas a nivel mundial. Durante ese momento el baloncesto entró en una fase regresiva como respuesta al dominio de Jordan, parapetándose al juego a media cancha, de corte físico e individualista y orbitando alrededor del aclarado.

La influencia del 23 de los Bulls se dejaría notar rápidamente en los productos que año tras año emanaban del college que en algunos casos traían consigo un hype que les precedía y les categorizaba como los sustitutos de Jordan. A veces era una capacidad de salto descomunal, en otras era la determinación y en aquellos ejemplos más torpes el simple hecho de jugar bien al baloncesto.

La singularidad de Michael Jordan le hace único, inigualable e irremplazable. Esa es la magia del mito, lo que hizo de él un ejemplo a seguir por las generaciones venideras y cuyo influjo todavía se siente dentro de las cuatro líneas que marcan los límites de una cancha de baloncesto.

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"Baby Jordan"

Harold Miner fue uno de los primeros en cargar con la losa de ser el sustituto de Jordan con la particularidad de que el original todavía no había alcanzado ni un cuarto de lo que iba a conseguir al término de su carrera. Elegido en el número 12 del Draft de 1992 por Miami Heat este jugador procedente de Inglewood (California) se ganó su apodo de "Baby Jordan" gracias a una singular capacidad anotadora que le llevaría a promediar más de 26 puntos en su último año en la NCAA que le llevaron a formar parte del quinteto All-American de ese año junto a Shaquille O'Neal, Alonzo Mourning, Christian Laettner y Jim Jackson.

A su facilidad para explotar de cara al aro a base de suspensiones había que añadir una singular capacidad para volar y finalizar por encima del aro. De hecho dicen que llegaba a saltar en estático más de un metro y que a pies juntos era más decisivo que en carrera. Alrededor suyo comenzó a gestarse una figura mediática enorme, tanto sería así que la marca Nike firmaría con él un contrato publicitario de 14 millones de dólares.

Sin embargo, algo se rompió por el camino. Quizás fue la incapacidad para adaptarse a la liga, el hecho de llegar a una nueva franquicia o que las expectativas eran excesivamente altas, pero tras 200 partidos en la liga decidió colgar las botas a los 25 años, retirándose sin tan siquiera anotar en su último encuentro después de que Miami le hubiese cortado en la temporada 1994-1995 y no se aclimatase a los Cavs de Fratello.

Según Miner su bajo rendimiento vino derivado de diferentes problemas en su rodilla izquierda que limitaron al máximo su explosividad y salto vertical. "Era un tipo callado que usaba el baloncesto como una forma de expresarme", dijo al LA Times en una entrevista. "Así que cuando mi habilidad atlética se volvió más limitada y no pude hacer las cosas que podía hacer antes, fue como me quitaron el entusiasmo por el juego".

La carrera de "Baby Jordan" quedaría como el paso de una estrella fugaz siendo su hito más reconocible haber ganado dos veces del Concurso de mates (1993 y 1995).

Grant Hill, el pionero

Con el adiós de Michael Jordan en octubre de 1993 todavía resonando en la mente de todos, Grant Hill entró en la NBA como número 3 del Draft de la mano de Detroit Pistons tras un memorable periplo por la Universidad de Duke. Su estilo de juego era lo más completo que se podía esperar para un jugador de tan solo 21 años: dominaba el balón a la perfección, era capaz de crear y distribuir a su antojo y era capaz de cambiar el sino de un partido si así lo decidía. La prensa necesitaba encontrar alguien a quien aferrarse en un momento carente de figuras reconocibles entre los exteriores de la liga.

Hill era un regalo para los ojos en términos de baloncesto. Un talento en letras mayúsculas cuyo desembarco en la liga le haría convertirse en All-Star siendo el primero en liderar la votación popular en su año de debut así como el Rookie del año que auguraban el nacimiento de una estrella. A esto había que unir un innato carisma de cara a los medios, componiendo una figura pública inmaculada que acompañaba de una feroz faceta competitiva sobre el parqué.

El propio Jordan llegaría a reconocer en su regreso a la NBA que Hill sería uno de los jugadores que veía capacitado para tomar su testigo una vez que este colgase las botas definitivamente. Y sus seis primeras temporadas no hacían más que justificar que G-Money era un heredero digno de semejante honor pues sus promedios de 21 puntos, 8 rebotes y 6 asistencias así como una progresión más que evidente entre 1995 y el 2000.

Pero entonces sucedió la desgracia. Tras cuatro partidos en su nuevo equipo, Orlando Magic, su tobillo izquierdo le dio el primer aviso de que todo podía desvanecerse. La llama de Hill iría apagándose poco a poco, disputando tan solo 47 partidos en tres temporadas y perdiéndose la 2003-2004 al completo debido a una intervención quirúrgica que salió mal por la cual se iba a fracturar su tobillo y realinearlo con el hueso de su pierna. Cinco días después de la intervención el alero sufrió una crisis con alta fiebre que le mandó de nuevo al hospital con un diagnóstico de una grave infección que podría haber sido fatal.

La carrera de Hill se partiría en dos, pudiendo regresar a las canchas tras un largo proceso pero jamás pudiendo hacerlo del mismo modo a pesar de la enorme evolución que experimentó en su juego.

DeShawn Stevenson, protagonista inesperado

El caso de Stevenson, más que relevante, resulta anecdótico. El escolta fue un auténtico fenómeno en los albores de los highlights, convirtiéndose en una estrella propiamente dicho a nivel nacional por su rendimiento en el instituto de su natal Fresno (California) a razón de 30 puntos por encuentro.

En un momento en el que la NBA permitía dar el salto directamente desde High School sin pasar por la universidad, Stevenson se inscribió para el Draft del año 2000. Aquí es donde nace la historia porque en una de las páginas de referencia y especializadas en la actualidad en lo referente a jóvenes promesas, NBADraft.net, al realizar su perfil la única comparación que acompañaba a su nombre era la de Michael Jordan. Casi nada.

"Sí, hubo mucha presión, pero realmente no lo pensé", dijo en el podcast de HoopsHype. "Estaba más preocupado por llegar a la NBA y estar en la NBA, así que realmente no me enfoqué en eso".

Elegido en el número 23 por Utah Jazz, Stevenson desarrollaría una más que digna carrera en la NBA tras unos años de adaptación a la liga. Su mejor baloncesto llegaría en los Orlando Magic y Washington Wizards como un anotador fiable para acabar su carrera a los 31 años con 7,2 puntos de media en más de 800 partidos.

El problema de estudiar en North Carolina

Todo el mundo es conocedor de que Michael Jordan comenzó a escribir su legado en la Universidad de North Carolina con la que consiguió el campeonato nacional en 1982 por lo que su figura, años después, siguió muy presente en los Tar Heels. Por ello, dos de las primeras estrellas formadas en Chapel Hill, Jerry Stackhouse y Vince Carter, que al mismo tiempo fueron coetáneos del último Jordan cargaron desde el inicio de sus carreras profesionales con la sombra del mito de los Bulls a sus espaldas. Ambos jugadores con un estilo muy visual, compartían posición y estatura con su predecesor, razones más que de sobra para colgarles el cartel de The next Jordan.

En el caso de Stackhouse, elegido con el pick 3 del Draft de 1995 por Philadelphia 76ers, su estilo eléctrico y volcado al uno contra uno le convirtieron rápidamente en un perfil anotador más que útil en aquel momento. No obstante, el comienzo de su carrera no sería del todo sencillo, luchando para encontrar su hueco en Philly y con una irregularidad que llevaría a ser traspasado de manera temprana a los Pistons donde explotaría como jugador.

En Detroit alcanzaría su mejor forma individual siendo el año más significativo la temporada 2000-01 donde promedió 29 puntos por noche. Más adelante compartiría vestuario con el propio Michael en los Wizards, lugar en el que chocaría frontalmente con su comparación. "Fue realmente desafiante poder estar en una situación con un ídolo que, en este punto en particular, sentí que yo era un mejor jugador", dijo recientemente en ESPN. "Hacíamos lo que Jordan decía. Perdí parte de la admiración que sentía por él hasta entonces", aseguró. A partir de 2003 iniciaría un duro periodo para él por las sucesivas lesiones que le tormentaron y redujeron su figura como anotador a la mínima expresión retirándose en 2013 tras una larga carrera en la NBA.

Mientras, Vince Carter reescribiría su historia de manera muy diferente a la de todos los expuestos en esta pieza, pues desde su desembarco en la liga dejó claro que las comparaciones con Jordan se quedaban cortas. Su explosión como jugador explosivo y con una capacidad de salto sinigual que materializaría en el Dunk Contest del 2000 quedaría progresivamente a un lado por su evolución como jugador franquicia en Toronto Raptors y New Jersey Nets para más tarde converger en un útil veterano y jugador de rol una vez que su físico dejó de acompañar de igual modo a su talento.

Las opiniones aquí expresadas no reflejan necesariamente aquellas de la NBA o sus organizaciones.

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