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San Antonio Spurs

Cuando los Spurs derrotaron al tiempo como homenaje a sus formas

Pese a que comenzase su carrera en el exterior en un proyecto de Torres Gemelas junto a David Robinson, la gran ventaja en los últimos años se encontraba al poste. La NBA tendía al small-ball, aunque sus máximos exponentes llegarían un par de años después.

Precisamente por esa ventaja tan pronunciada ante Shane Battier (2,03 metros) el mundo NBA se llevaba las manos a la cabeza, sorprendido, fuesen con unos u otros, con el doble e impropio fallo de Tim Duncan.

Era el Game 7 de Las Finales de 2013. Miami no desaprovechó la milagrosa acción y, tras un tiempo muerto, LeBron James sentenciaba el partido. Los Heat eran campeones por segundo año consecutivo, pero aquella película podría haber sido muy diferente.

"Están estas pequeñas jugadas que recuerdo que fallé y no lo podía creer", contaba el propio Duncan meses después. "Obviamente siempre hablamos de la acumulación de todo un partido, no una jugada. Pero para nosotros estaban esas jugadas que podrían haber cambiado la situación".

Eran los viejos Spurs. Aquellos que debían haber dejado de ganar tiempo atrás, a los que con cada temporada por encima de las 55 victorias aplicábamos que era su canto del cisne. Su despedida en forma de competitividad, porque era imposible que diesen para más. Así lo exigía la edad.

Es por ello que las alabanzas crecieron cuando alcanzaron Las Finales de 2013. Y eran supuestos favoritos sobre unos Heat que llegaban como campeones y tras el mejor año de la carrera de LeBron James. Sin embargo, eran los favoritos. Así eran señalados.

La era de Gregg Popovich en San Antonio destaca por los valores. Por saber ganar y también saber perder. Y sin ninguna duda aquella fue la derrota más dolorosa. Por mucho, además.

"Fue la peor derrota de todas", decía Tony Parker. "Jamás me he sentido tan triste en el baloncesto. Porque tu, Pops, siempre hablas de eso, que la vida es más grande y hay cosas más importantes, pero eso fue duro".

Era el sexto partido de la serie final en el American Airlines de Miami. Corría el tercer cuarto y así lo hacían los Spurs, con una sólida ventaja que superaba los dobles dígitos. Alcanzaron incluso el 71-58 cuando restaban poco más de tres minutos del tercer cuarto, y abrieron el último con una ventaja de 76 a 65.

Estaba en su poder festejar el Larry O´Brien en campo enemigo. Vencer como favoritos, imponerse 4-2 y sumar una derrota más en el casillero de LeBron en Las Finales, después del barrido por 4-0 de 2007. Seguro que por los pasadizos del pabellón más de un trabajador de los Spurs preparaba ya las cajas de gorras y camisetas para la celebración.

Lo que pasó después es pura historia del deporte, a tal punto que ese verano el Game 6 recibiría el ESPY al Mejor partido. LeBron lideró un parcial de 20-7 recordado por esa pérdida de su característica cinta en un mate. Es el "Headband Game" y, por supuesto, el de Ray Allen. Ese escandaloso triple desde la esquina está grabado en la memoria de todos los aficionados de la mejor liga del mundo.

Miami ganaría en la prórroga un partido que estaban destinados a perder. Los Spurs, hundidos moralmente por el terrible golpe moral, estuvieron a la altura en un Game 7 que de nuevo se definió por detalles. La línea entre el éxito y el fracaso es demasiado fina, y esta serie sirve de ejemplo.

"Perder de esa manera, cuando todo estaba listo para levantar el trofeo y celebrar… Todo era muy doloroso. Recuerdo nuestras caras desplomadas", comentaba Manu Ginóbili. "Nos fallamos entre nosotros. Me sentí mal, no porque jugase mal, si no porque os decepcioné, a Pops y a todos. No podía miraros a la cara".

"Recuerdo que estaba en el vestuario, cogí una toalla y me rodeé la cabeza, porque fue la primera vez que quería llorar", recordaba Parker. "No podía mirar a Popovich a los ojos o a mis compañeros porque estaba triste. Pops estaba hablando y yo le escuchaba, pero seguía con la toalla y no me creía lo que acababa de pasar. Pensaba, es tan cruel lo que los dioses del baloncesto están haciendo ahora".

RC Buford apenas tocó la plantilla en el verano de 2013. La incorporación más destacada fue Marco Belinelli. El plan era aumentar el peso de figuras como Patty Mills, pero el bloque era el mismo. Duncan, Parker y Manu, el joven Kawhi Leonard, Boris Diaw, Danny Green y Tiago Splitter como columna vertebral. Jeff Ayres -anteriormente Jeff Pendergraph-, Nando De Colo, el querido Matt Bonner o Aron Baynes cerraban el banquillo.

Comenzaba el training camp para la 2013-2014, otra en la que los Spurs serían los ancianos con mucho aún por demostrar. Y su comandante en jefe tenía una doble sorpresa para comenzar con motivación: ver el Game 6 contra Miami.

"Era el primer día del training camp y Pop tuvo la idea de reproducirlo. Fue duro de ver. Quería ponerme así, quejarme y decir, ¿por qué haces esto Pop?", recordaba Parker tiempo después entre risas.

"Sí, eso fue el primer día, el sexto partido todo el rato", respondía el entrenador.

Era una tortura para Popovich ver de nuevo esa derrota que recordaba día a día. Incluso, por encima del resto, la tenía clavada en lo más profundo de su ser. Rememorar esa impasividad desde la banda, viendo cómo perdían un partido que tenían controlado y ante el que nada pudo hacer. Solo mirar y sufrir. De nada sirvieron ese día sus decisiones, los cambios o los tiempos muertos. Recordar esa impotencia era un puñal en el corazón de Popovich.

"Ese fue el gran impulso en el training camp. No fueron los dioses del baloncesto, estaba en nuestro control y no lo logramos", sentenciaba.

Precisamente porque su dolor era enorme y sabía cuál era el camino correcto, por mucho que despertase mayor tormento, colgó una foto de Las Finales perdidas en las instalaciones del equipo. Su posicionamiento era estratégico para usarlo de motivación.

Aquella imagen no era de los Heat celebrando, tampoco de LeBron con el trofeo y el MVP de Las Finales, ni del triple de Allen. Al contrario. La foto reflejaba un momento del Game 6 en el que tenían controlado el partido y lo dejaron escapar. Esa era la lección.

"Siempre he creído que los jugadores reaccionan mejor a la verdad que engañándolos o manipulándooslos, diciéndoles algo para que hagan una cosa u otra. También hay que asumir el tipo de gente a la que le dices la verdad, si tienen el carácter que tienen mis jugadores, para que puedan manejarlo y no culpen a otras personas o sientan lástima de sí mismos, o se enfaden. Si no que lo afrontan y luego saben cuáles son los pasos que tienen que tomar para ocuparse de lo que están viendo y no les gusta. Saber que podemos hacerlo mejor".

Durante toda la temporada 2013-2014 los Spurs desplegaron un juego ofensivo mágico. Un baloncesto sin precedentes en la mejor liga del mundo, caracterizado por la plena confianza en el compañero, fuese titular o de fondo de banquillo, y un movimiento de balón impropio del baloncesto que se enseña en Estados Unidos.

Las estadísticas les situaban como el 5º mejor ataque de la temporada regular, aunque aquí son lo de menos. Si destaca el impacto inmediato que tuvo su abuso perfecto del pase y la circulación. En la 2013-2014 fueron el equipo que más pases daba por noche con 330,7 y solo otros tres superaban los 320. En la 2014-2014, Knicks, Spurs y Jazz se fueron por encima de los 340.

En la cabeza de Popovich seguían Las Finales de 2013. Pese a que terminaron la temporada regular como mejor equipo (62-20) la mayoría de los expertos y aficionados confiaban más en Oklahoma o los Clippers, porque ellos tenían estrellas, los Spurs no. Y mientras, él seguía con la serie de Miami. De un lado a otro y vuelta a empezar.

De nuevo sorprendieron, aunque quizás esta palabra era la menos adecuada. Dallas en Primera Ronda, Portland en Segunda y Oklahoma en Finales del Oeste. Estaban de vuelta, y ante el rival deseado. Los Heat y LeBron aguardaban.

Lo más curioso, podría pensar uno, es que ese Game 1 de 2014 que sería recordado por el episodio de James y el aire acondicionado suponía su primer enfrentamiento real de la temporada. En ninguno de sus dos cruces de la 2013-2014 estuvieron en su máximo de fuerzas. De curioso nada.

Popovich quería regresar a ese escenario y, de ser posible, deseaba que fuese con el mismo oponente. Es por ello que el 29 de noviembre de 2013 dejó fuera de su enfrentamiento con Miami a Parker, Manu, Duncan y Green, y ni siquiera aplicó planes que más tarde sí hizo. Podría pensar uno, conocedor del entrenador y de baja fe en las casualidades, que Pops quería dar la menor cantidad de información y trabajo al cuerpo técnico de Florida.

La NBA sancionó a Popovich con 250,000 dólares por no notificar de manera previa estas decisiones. Les mandó literalmente a casa cuando el partido era retransmitido a nivel nacional por TNT, aunque en aquel momento la justificación estaba sobre la mesa.

"Hemos tenido un viaje de 8 días y un viaje de 10 días, y estamos terminando con cuatro partidos en cinco noches en casa", dijo entonces. "Creo que no sería prudente poner a jugar a nuestros muchachos en ese tipo de situación, dada su historia".

Costó mucho sudor aquella victoria de temporada regular para Miami ante la brillante competencia que presentaron Splitter o De Colo. La derrota quedaba en un segundo plano: Popovich conseguía su objetivo y escondía sus planes, entre otros, reservar la carta de la defensa de Kawhi sobre LeBron para el momento preciso.

El 31 de marzo en San Antonio Erik Spoelstra respondería. Coincidencia o intencionalidad. Ni James, ni Dwyane Wade, ni Mario Chalmers jugaron aquella noche en la que de nuevo ganaron los Heat.

Las Finales presentaron poca historia, fueron una masacre. San Antonio se cebó con Miami en cada una de sus cuatro victorias. Wade, que descansó sus rodillas durante la temporada para llegar fresco a Playoffs, parecía pesar varios años más. Chalmers terminó fuera del quinteto titular. Y James, única nota positiva entre el sometimiento rival, sufría sin poder dominar ni generar juego ante la defensa de un chico callado de 22 años.

El quinto y definitivo partido fue el mayor homenaje que presentaron los Spurs. Las ganas de celebrar en casa eran infinitas y LeBron quería evitarlo a toda costa. El por entonces indiscutible mejor jugador del planeta arrancó salvaje y lideró un parcial de 22-6. Y entonces el baloncesto más precioso que hayan visto nuestros ojos destrozaba Las Finales de nuevo, justo cuando parecían revivir de forma tímida.

Los triples cayeron sin ningún tipo de piedad. El AT&T Center celebraba el parcial de respuesta de 37-13 y Ginóbili, en su mayor empleo del brebaje contra el paso de los años, fulminaba a Chris Bosh con una ferocidad que escondía mucha rabia. La que uno contiene durante un año entero y alimenta como fuelle con el paso de los días, como motivación y vergüenza propia.

Aquella victoria y su celebración posterior. Un equipo con todo el sentido de la palabra en su máxima expresión, levantando el trofeo que les acreditaba como los mejores del planeta. Sin estrellas, sin jugadores por encima de los 30 minutos de media. Plantilla de viejas glorias, complementos y una estrella incipiente. Porque ni siquiera aquel Kawhi era una estrella. Fue justo MVP de Las Finales, pero Tony Parker también lo podría haber sido.

Darle el premio a Leonard servía como justicia poética para todo lo que representaban. Daba igual quién se llevase el galardón individual. Habían ganado y lo habían hecho contra quienes ellos querían, siguiendo su forma de trabajo y dogma.

"Gracias por presionarme", le gritaba Kawhi a Pops segundos después de la victoria, en un sentido abrazo. "Dios mío, es un sentimiento fantástico". Era la serie que servía para confirmar todo lo que tenía dentro de sí la joven promesa.

Que queden a un lado las estadísticas. Los números, los récords, las temporadas seguidas por encima de las 55 victorias. Todo eso daba igual. Importaba la forma y en San Antonio siempre lo habían tenido claro, más en esos últimos años, cuando la NBA de las estrellas y el disolver y formas nuevos equipos comenzaba a vislumbrarse. Precisamente este pasado verano Kawhi ejercía de principal ejemplo.

Ganar en 2014 era cerrar el círculo para los Spurs. Y sobre todo importaba la forma. El juego sobre el parqué les convertía en uno de los equipos más entretenidos de ver de la historia del deporte, pero el trabajo que traía detrás iba mucho más allá que el simple conocimiento de una pizarra que tiraba de conceptos básicos del baloncesto.

Aquellos Spurs eran la culminación de la dinastía y, al mismo tiempo, el mayor homenaje que podían regalarnos y regalarse. Permitieron que el mundo se maravillase con su juego y disfrutaron las mieles de la victoria en su casa, la que llevaba siendo su hogar más de una década, junto a sus mujeres, hijos y amigos.

Ni los dioses del baloncesto fueron despiadados en 2013 ni fueron justos un año después. Solo el trabajo, la disciplina y unos valores poco frecuentes en el deporte actual permitieron el clímax de 2014. Porque son muchos los que tenemos marcados a estos Spurs como el equipo que más bonito ha jugado de la historia del baloncesto.

No se engañen, replicar este baloncesto sobre el parqué es una tarea sumamente complicada. Ni un buen entrenador ni buenos jugadores sirven, se necesita mucho más. La parte bonita es la que queda ahora, la que veíamos en los partidos. Detrás existían unos niveles de trabajo, compromiso y confianza fuera de lo común.

"Creo que nunca, especialmente Tony y yo que manejamos el balón, nos comprometimos tanto como este año", explicaba Manu. "Este año sabíamos que, si no lo hacíamos, sería similar al pasado. Creo que nunca recibí tantos mensajes ni llamadas de "qué bien jugáis" como este".

Los Spurs de 2014 sirven como festejo y culminación de una de las mayores obras deportivas de la historia. Jamás fueron una dinastía de someter rivales y alcanzar cuatro Finales consecutivas como otras, los Lakers de Shaq y Kobe o los Heat y los Cavs de LeBron, pero jamás se separaron. Para ellos la NBA no era un negocio, era una forma de entender la vida.

Entendieron sus roles y evolucionaron según lo hacía el baloncesto. No querían más dinero, más minutos en la pista o aumentar sus estadísticas. Querían ganar, por supuesto, pero tampoco eso era lo más importante. La forma estaba por encima de todo, y esos Spurs eran una familia disciplinada y honorable.

"Cuantas llamadas de excompañeros hemos recibido diciéndonos ´me arrepiento de haberme ido, ojalá seguir allí´. Para nosotros siempre fue diferente", explicaba Ginóbili.

Popovich pasó de entrenador a padre. Como si de categorías inferiores se tratase, el entrenador quería involucrarse en la vida de sus jugadores. Ver su desarrollo a lo largo de los años terminó como su mayor satisfacción. Más allá de si la bola entraba o no, entre todos se hicieron mejores personas dentro y fuera del parqué.

"Habéis sabido ganar, pero también perder. Y eso es algo poco americano, donde solo importa ganar". Estas palabras de Pops muestran el porqué a nivel filosófico el impacto de los Spurs es enorme en todo el planeta. No es ganar o perder, es la forma.

Por eso aquellos ancianos siempre han tenido tanto que enseñar. No solo de baloncesto, si no también en valores. Por eso pensar que 2014 es solo la culminación de su juego es quedarse en la superficie. Aquel año, aquel título y aquel nivel de confianza son su mayor regalo.

"Realmente disfrutáis estar juntos tanto como jugar juntos, y os preocupáis el uno por el otro. Ese no es algo común siempre, eso os hace diferentes".

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